22 Ene 2016

Deterioro de imagen empresarial

Las organizaciones empresariales deben tomar nota del riesgo de que su desprestigio termine amenazando al sistema económico mismo…

La encuesta sobre imagen empresarial dada a conocer recientemente por la Sofofa y Cadem confirma el sostenido deterioro que ha sufrido el prestigio de las empresas y sus organizaciones, lo cual no cabe sino vincular -independientemente de la campaña que han enfrentado de sectores políticos interesados en deslegitimar la economía libre- a los repetidos casos de abusos, colusión y financiamiento irregular de la política. Así, en el último trimestre del año pasado, la fracción de los encuestados que evalúa con nota 5 o superior (con un máximo de 7) a las empresas y a los gremios empresariales cae desde 51% a 41% y desde 38% a 30%, respectivamente. El problema, desde luego, no es exclusivo de esos actores, pues los servicios públicos, las empresas públicas, los gremios sindicales y el propio Gobierno obtienen también muy bajas calificaciones en el referido sondeo.

Contrariamente a lo que podría pensarse, el descrédito empresarial no se traduce aún en un rechazo a los elementos centrales del modelo de economía social de mercado que nos rige: el 84% de los encuestados se manifiesta interesado en crear una empresa; el 79% cree que la libre competencia beneficia al consumidor; el 77% piensa que son indispensables los empresarios; el 75%, que es justo que persigan ganancias, y el 71%, que el Estado debe apoyarlos a desarrollar con libertad sus proyectos.

Asimismo, aunque desconfíe de las empresas en general, la gente parece satisfecha con aquella en la que trabaja: más del 60% de los encuestados califican con nota de 5 a 7 a su propia empresa, al dueño de ella, a su jefe directo y a sus compañeros de trabajo. En cambio, solo el 37% se expresa tan positivamente del presidente del sindicato. Esa dicotomía entre la desconfianza general y confianza particular -tal vez porque esta última proviene de decisiones de consumo, empleo o voto adoptadas personalmente- ya había sido destacada por la Encuesta Nacional Bicentenario de la Universidad Católica y Adimark. Tanto ese estudio como el que ahora comentamos echan por tierra la imagen de alto descontento con las negociaciones colectivas y elevada conflictividad laboral en la que parecen fundarse propuestas como la reforma laboral en trámite parlamentario. Refrenda ese diagnóstico la reciente Encla, encuesta oficial sobre clima laboral efectuada a una amplia gama de empleadores y empleados, que también revela una opinión muy favorable del estado de las relaciones laborales en Chile.

Con todo, es preocupante la mala imagen de los empresarios en conjunto y de sus gremios. A lo largo de nuestra historia reciente, su visión en el debate público ha sido importante para la consolidación y el perfeccionamiento de nuestro modelo económico. Es cierto que en ocasiones ello puede haberse exagerado -ya sea ensalzando en demasía su rol o confundiendo intereses particulares con el bien del país-, pero las más de las veces el aporte empresarial ha servido para destacar el valor de la estabilidad de las reglas, defender las bases de la libertad y la apertura económica y plantear los desafíos de largo plazo. Su ascendiente en el debate nacional se ha basado principalmente en la exitosa trayectoria económica de Chile a lo largo de las últimas tres décadas, la cual, además de mostrar los frutos de políticas públicas adecuadas, es en muchos aspectos una epopeya empresarial.

Las organizaciones empresariales deben tomar nota del riesgo de que su desprestigio termine amenazando al sistema económico mismo. La encuesta en comento revela una buena evaluación por parte de la opinión pública de la veloz reacción de la Sofofa ante la colusión del papel, suspendiendo al socio involucrado. Pero sería un error pensar que el repudio a las malas prácticas y las medidas disciplinarias correspondientes bastarán para recuperar la confianza. Lo que en verdad falta es una acción mucho más amplia y persistente para educar a la ciudadanía sobre los logros de nuestras empresas en Chile y en el mundo, la magnitud de sus inversiones, la mejor capacitación y bienestar de sus trabajadores, sus avances en productividad e innovación. Que los chilenos seamos orgullosos del éxito de nuestras empresas ha de ser la meta, porque solo entonces cabrá esperar que los fundamentos institucionales que lo hacen posible sean perdurables. 

Publicación: El Mercurio, viernes 22 de enero de 2016.