El escándalo Volkswagen
Las repercusiones finales del caso, para Alemania, su industria y los accionistas de Volkswagen son aún difíciles de evaluar en toda su magnitud…
Es impredecible el desarrollo y los efectos que puede tener el descubrimiento de que el segundo fabricante de automóviles del mundo había desarrollado un método fraudulento para evadir los controles de gases contaminantes en los EE.UU. Los hechos se develaron a partir de la investigación inicial de una ONG que mostró inconsistencias en las emisiones reales comparadas con las publicitadas de algunos vehículos de esa marca. La severa indagación de la agencia de protección ambiental de EE.UU. consiguió la admisión de la empresa de haber planificado un esquema para burlar las revisiones técnicas. Como resultado, el presidente de Volkswagen renunció y el valor bursátil de la empresa cayó en 33%.
Desde hace mucho existían sospechas respecto de que las revisiones técnicas de los vehículos con motor diésel no registraban correctamente las emisiones de esos vehículos, pero los reguladores europeos -tal vez presionados por los fabricantes- no parecieron profundizar las indagaciones. Los denunciantes señalan que esa sería una de las razones por las cuales aumentaba la contaminación en las grandes ciudades europeas, pese a los estándares cada vez más estrictos que supuestamente se aplicaban a los motores diésel. Otro aspecto discutible sería el excesivo énfasis puesto por los países europeos, desde el acuerdo de Kioto, en favor de los motores diésel, porque permitían alcanzar más fácilmente las metas de reducción de emisiones de CO2. Actualmente representan más del 50% de los automóviles en el continente. Uno de los mecanismos de fomento utilizados es la reducción de los impuestos al petróleo.
El problema de los motores diésel es que, pese a ser más eficientes, tienden a producir material particulado fino y óxidos de nitrógeno (NOx). Este compuesto se transforma, en contacto con el aíre, en moléculas dañinas para la salud humana. Es posible reducir el NOx y cumplir la norma, utilizando equipos de un costo relativamente elevado, que se usan en los automóviles de alta gama. En el caso de Volkswagen, que se especializa en vehículos de menor costo, le resultó rentable una tecnología más barata, que solo podía alcanzar las metas de emisiones en condiciones de laboratorio, pero no en el uso normal.
La solución de Volkswagen fue aprovechar el computador que todos los autos modernos tienen. Estos computadores usan datos externos e internos al vehículo para ajustar las condiciones en que opera el motor y mejorar las prestaciones. Lo que Volkswagen hizo fue programar el computador de sus automóviles diésel para que en un conjunto de condiciones que solo se daban en las revisiones técnicas de la EPA, el computador hiciera que el motor entrara en un régimen de bajas emisiones que cumplía la norma. El mismo automóvil, en condiciones normales, podía llegar a emitir decenas de veces más que la norma.
En los EE.UU., la multa será, casi seguramente, de varios miles de millones de dólares, y el costo podría verse aumentado por acciones de los compradores. Peor aún para la empresa, acaba de reconocer el mismo tipo de problemas en otros 11 millones de automóviles vendidos en Europa.
Las lecciones preliminares de este escándalo son múltiples. Por de pronto, que los reguladores deben ser proactivos y modificar sus esquemas para prevenir que los fiscalizados se adapten al mecanismo regulatorio sin cambiar sus condiciones básicas de operación. Por otra parte, queda claro que el costo para las empresas de tratar de saltarse las reglas puede ser enorme y, finalmente, que los gobiernos, en sus afanes de fomento, pueden cometer grandes errores, como parece ser la excesiva promoción dada en Europa al diésel. Sin embargo, las repercusiones finales del caso, para Alemania, su industria y los accionistas de Volkswagen son aún difíciles de evaluar en toda su magnitud.
Publicación: El Mercurio, martes 29 de septiembre de 2015.
