04 Jun 2021

Adorar y servir – Mons. Cristián Roncagliolo

Hoy celebramos el Corpus Christi, fiesta de la Iglesia que nos recuerda la ‘presencia real’ de Cristo en el Santísimo Sacramento. El foco principal de esta fiesta no está en la institución de la eucaristía, como ocurre el Jueves Santo, sino que en recordar que Dios se queda con nosotros ‘realmente’ en las especies eucarísticas. 

La noticia apasionante de que Dios está de un modo tan ‘real’ le dice mucho a los cristianos, indicándonos que no caminamos solos hacia la ‘tierra prometida’ sino que lo hacemos con el mismísimo Señor; y señalándonos que la presencia eucarística de Cristo se proyecta en la dinámica del don: Tomad, esto es mi cuerpo… esta es mi sangre derramada por todos.

El misterio descrito resulta ser una delicada síntesis de la vida cristiana, que es estar con el Señor y entregarse por él a los demás. En efecto, el rostro eucarístico de Cristo nos reclama la adoración, que es diálogo, escucha y contemplación; pero, al mismo tiempo, lejos de producir una parálisis ‘quietista’, el rostro eucarístico de Cristo genera un dinamismo intenso y apasionante de entrega. El Señor nos invita a adorarlo no para que hagamos una ‘tienda’ que nos saque del mundo, como lo pretendieron los discípulos en el Tabor, sino para que percibamos su presencia real como un ‘fuego’ que quema las actitudes egoístas y como un ‘calor’ que vitaliza la fe. Así, la Hostia Santa es una ‘divina’ invitación a estar con Él y, al mismo tiempo, una provocación ‘a salir’ desde Él para impregnar la historia con la fragancia del Evangelio.

Sin temor a equivocarme puedo afirmar que en toda adoración eucarística ‘palpita’ el rostro del Cristo que tiene hambre, que tiene sed, que es forastero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel. Por ello, también podemos afirmar que la adoración a Cristo eucaristía es una escuela de misericordia que ‘desata’ en nosotros la fuerza del amor y nos provoca a una auténtica entrega a los demás.  

En este sentido, los cristianos hemos de estar atentos ante el pretendido divorcio entre la adoración y el servicio. Muchos dicen ‘yo soy católico de acción’, porque hago cosas pero no voy a misa ni rezo, ni adoro; mientras otros desprecian esta forma diciendo que lo central está en la adoración desencarnada de la realidad, sin comprender que esta empuja a mirar la historia y actuar en ella con la ‘luz’ de Cristo. La presencia real de Cristo lejos de fragmentar la vida le proporciona el verdadero sentido, integrando la oración y la praxis, la contemplación y la entrega de la vida. 

La situación de cuarentena, que nos tiene lejos de la adoración, de la participación presencial en la misa y que no permitirá hacer la tradicional procesión del Corpus, puede ser una oportunidad para cultivar y madurar la ‘nostalgia’ eucarística, que no es otra cosa que la sed de adorar y de alimentarnos del mismísimo Señor. Esta ‘nostalgia’, cuidada y cultivada, puede ser una preciosa escuela de vida para alimentar la necesidad eucarística, sabiendo que lo que hoy no hacemos es una ‘carencia’ que, bien asumida, nos permitirá valorar y apreciar más hondamente la eucaristía cuando volvamos a ella.

Feliz Domingo del Corpus.