26 Oct 2026

Nos fatigamos, luchamos y esperamos – P. Felipe Herrera

Pareciera que en Chile y el mundo los aluviones se están haciendo cada vez más habituales. Y no solo aquellos que, a fuerza de agua y barro, arrasan campos y ciudades, sino también los aludes de violencia física y verbal que arrasan con el diálogo social, el entendimiento político y la paz entre las naciones. Lamentablemente, estas grandes inestabilidades que padecemos como familia humana podrían tentarnos a perder una de las virtudes que más deben distinguirnos como discípulos de Jesús: la esperanza. Y no cualquiera, sino la esperanza cristiana.

En la primera carta que san Pablo escribe a su colaborador Timoteo, se refiere a Jesús como “nuestra esperanza” (1 Tm 1,1). Así comprendemos que nuestra esperanza no puede reducirse a un plan pragmático de medidas y eventos ante las crisis, porque los cristianos no esperamos algo, sino a alguien, a una persona concreta: Jesucristo. En él se da cumplimiento a todo aquello que esperamos, es decir, la venida de su Reino de amor infinito, de comunión, de justicia y de paz. ¡La esperanza no defrauda! (Rm 5,5).

Y ese Reino lo llevamos ya en ciernes en nosotros y, como bautizados, tenemos la misión de hacerlo presente con amor verdadero y eficaz en medio del mundo, en nuestros hogares, organizaciones, empresas y en cada rincón de la sociedad. Y es que la esperanza cristiana necesariamente ha de ser activa, dinámica, muy lejana de un optimismo inmovilista que espera que algo suceda o de una resignación que se lamenta con amargura contagiosa. De hecho, san Pablo le insiste a Timoteo que “si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta nuestra esperanza en el Dios vivo” (1 Tm 4,10).

Así, si bien es necesario y un deber usar el genio humano para planificar, emprender y crear, no debemos perder de vista que nuestras esperanzas no pueden ser cortoplacistas, porque nosotros miramos a “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21,1), que van más allá de este mundo. Esa conciencia nos ayuda a dejar de lado radicalismos estériles que impiden cualquier desarrollo integral y nos anima a activar la esperanza. Solo entonces podremos reactivar la economía, el crecimiento, el empleo y todo lo necesario para construir una civilización que ofrezca al mundo, en Cristo, un motivo para seguir esperando.