12 Jul 2019

La Ternura de Dios – P. Felipe Herrera

Comentario del Evangelio – Domingo 14 de julio de 2019

Evangelio según San Lucas 10, 25-37

La Ternura de Dios, una vocación de fortaleza

El conocido relato del Buen Samaritano que la Iglesia nos ofrece en la liturgia de este domingo nos habla de la ternura de Dios, que es uno de los sentimientos más fuertes que expresa el Señor con su corazón amante. Sí, Dios se conmueve por nosotros, tal como lo hizo el Samaritano por el hombre herido en medio del camino.

Los gestos y actitudes que describe el evangelio de hoy son una muestra de cómo Dios tiene por nosotros entrañas llenas de empatía, capaces de entender y sufrir con nuestros padecimientos, hasta el punto de inclinarse ante nosotros para curarnos las heridas. Fijémonos en los movimientos del Buen Samaritano ante el hombre sufriente: lo vio, se conmovió, se acercó, vendó sus heridas, lo puso sobre su montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.

El samaritano, extranjero considerado un infiel a Dios por parte del Pueblo de Israel, no tenía ninguna obligación de conmiserarse con un hebreo y, sin embargo, el verdadero amor que supera cualquier tipo de obligación, lo llevó a hacerse su prójimo. Esta imagen no es otra que la de Jesús, quien nos ama con gratuidad y manifiesta una ternura absoluta por nosotros al inclinarse ante nuestra humanidad herida y alejada de su amor. Es Él quien toma la iniciativa de restablecer la comunión, es Él quien se pone a nuestra altura, es Él quien paga por adelantado “al dueño del albergue, diciéndole: «Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver»”.

La ternura de Dios, lejos de ser una actitud dulzona que escapa de la dureza de la vida, es una virtud fuerte, porque implica agacharse, abajarse, inclinarse ante la debilidad humana para abrazarla con todo lo que ello implica. Esta ternura muchas veces supone el abajamiento personal para perdonar a quien nos ha ofendido, a quien nos ha hecho daño o a quien, según nuestros criterios, no merece nuestra consideración. Renunciar a sí mismo es una actitud de madurez cristiana que expresa la ternura de abrazar con cariño a quien débilmente está caído.

Así, el ejemplo del Buen Samaritano, que expresa el corazón lleno de misericordia y ternura de Dios por nosotros, nos señala también el camino a seguir. Si hemos sido colmados de su amor, por desborde de alegría y gratitud, estamos llamados a compartir gratuitamente ese amor que hemos recibido sin haberlo merecido. La gratuidad de nuestras relaciones humanas en medio de un mundo acostumbrado a transar todo, es un testimonio con que los cristianos podemos contribuir a renovar nuestra sociedad y la faz de la tierra.