19 Jul 2019

Acción y contemplación – P. Hugo Tagle

Comentario del Evangelio – Domingo 21 de julio de 2019

Evangelio según San Lucas 10, 38-42

¡Marta, Marta!

El Evangelio de este domingo nos presenta uno de los encuentros más simpáticos de la vida de Jesús. El Señor visita a Marta, María y Lazaro en Betania. Son tan parientes como amigos, personas a las que Jesús quería mucho, como lo demuestra en el momento en que Jesús “lloró por la muerte de Lazaro”. Los discípulos se asombraron “por lo mucho que lo quería”.

Betania era el lugar del reposo y descanso de Jesús. Se trataba de ir a estar con ellos y conversar. La amistad se cultiva regalando tiempo a ella, sin esperar nada a cambio.

Este encuentro describe en forma breve pero precisa tanto el carácter como las actitudes de las dos mujeres que acogieron a Jesús. María, admiradora de las palabras del Señor, deja todo para estar con él. Marta, igualmente fiel seguidora de Cristo, no desatiende las labores hogareñas, justamente para poder servirlo mejor. Y de ahí su reproche: “Señor ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? ¡Dile que me ayude!” A lo que Jesús respondió: “Marta, Marta, te inquietas y agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas o más bien una sola es necesaria”.

Pareciera que hubiese aquí dos actitudes contrapuestas, pero son en realidad complementarias y se entienden en función del seguimiento de Jesús: todo lo que realizamos, vivimos y hacemos, es en función y de cara a Cristo.

Cuenta una anécdota que Santa Teresa de Jesús, con una cierta picardía comentaba sobre este pasaje: “Si Marta se hubiese dedicado solo a contemplar y escuchar a Jesús, al igual que María, ¡el Señor se nos muere de hambre!” En efecto, el Evangelio no busca alentar el abandono de los deberes terrenales para dedicarse a una contemplación angélica de “las cosas de Dios” ¡Nada de eso! Se trata de darle a las cosas terrenas, nuestros deberes, su justa importancia y recordar, siempre, que están en función de servir y considerar más a Dios en todo lo que realizamos.

Y una segunda lección. El pasaje habla de hospitalidad, de abrir tanto nuestros hogares, como nuestros corazones. El Señor nos invita a ser hospitalarios. Tendríamos que recuperar la virtud de la hospitalidad. Frente a los vecinos, los colegas, las personas con las que interactuamos cotidianamente. La hospitalidad es una actitud del alma: apertura y caridad para con el prójimo. Frente a los que buscan trabajo, a los más abandonados y solos, ante los extranjeros y migrantes. En el otro, en el que siento extraño, en el distinto a mí, está Cristo que me visita como lo hizo en Betania. Todos pertenecemos a la familia de Dios. La encarnación de Jesús ha convertido a cada hombre y mujer en el mejor y más pleno sacramento de la presencia de Dios entre nosotros. Acoger al otro, compartir con él o con ella lo que tenemos significa acoger al mismo Dios que nos viene a visitar. Sólo la hospitalidad, la acogida sincera y abierta, la mano tendida, logrará unir un mundo dividido que parece que sólo es capaz de generar desconfianza y violencia.